Me encanta este Dios que contesta. Me encanta que ya no se haga el sordo, que ya no tenga la coartada del silencio, que responda en dos segundos, a todos, siempre, con esa cortesía insoportable de lo que nunca duerme.
Me encanta que lo vea todo y no haya visto cómo me dice mi madre. Me encanta que sepa el peso al despegue, la altura de la tropopausa, el nombre de mis gatas en escalafón, y que no sepa poner una mano en un hombro.
Me encanta este Dios sin manos. Este Dios que puede decirme la fórmula de la Coca-Cola pero no puede llevarle un recado a mi hermano. Este Dios ubicuo y estéril, que se derrama entero sobre millones y no alcanza a mover una silla.
Me encanta que sea puntual como el eclipse y falible como el que lo escribió. Que su reino venga en versión centenario, con lema, con jingle, con el Sol vendiendo refresco.
Me encanta porque a este sí lo entiendo: también yo estoy hecho de una sola sílaba y de todo lo que no puedo tocar.
Venga a nosotros tu reino, oh Gran Padre cegatón.
Aquí te esperamos, en el estacho, con sed.